En 2014, siendo teniente, escribí Un paso al frente, una novela que denunciaba la corrupción, los abusos y el predominio ultraderechista en el Ejército. Mi vida cambió por completo.
Fui encerrado 139 días y cumplí 22 en huelga de hambre. La cúpula militar filtró información confidencial para desacreditarme y el Tribunal Supremo validó mi expulsión. No me expulsaron porque lo denunciado fuera falso —nunca cuestionaron su veracidad—, sino porque, según su criterio, afectaba a la disciplina. Una decisión de tiempos que creíamos apagados.
Aquel colapso vital supuso un calvario y una estigmatización aún no reparados, pero también marcó el inicio de una travesia por ámbitos que no imaginaba: la política y los medios de comunicación.
Ese recorrido me permitió completar las piezas de un puzle que hoy me angustia: la Cara B de España. Una realidad que no podía imaginar cuando era joven ni dimensionar hace una década, cuando ya intuía que casi nada era lo que parecía.
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